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Lorena Marina Sánchez. Investigadora Independiente del CONICET. 

Doctora en Arquitectura, Magíster en Intervención del Patrimonio Arquitectónico y Urbano (FAUD, UNMdP)

 

La calidad de un ambiente tan apreciada por los extraños o el aire de familia tan querido para los autóctonos son términos abstractos que, sin embargo, traducen una realidad profundamente enraizada en el tiempo: la acumulación de estratos, depositados por muchas generaciones, de una existencia marcada por un cierto grado de continuidad. Declaración de Ámsterdam, 1975, p. 1

 

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Figura. Viviendas pintoresquistas del barrio La Perla de la ciudad de Mar del Plata. Este legado carece de normas preservacionistas que salvaguarden las áreas características que conforman. Fuente: Fotografía de la autora

El patrimonio constituye un pasado presente que, ante una mirada atenta, nos permite leer las múltiples capas atesoradas en las ciudades. Nuestra cotidianidad está signada por bienes que han sabido persistir a través de las dinámicas sociales, culturales y materiales en el tiempo. Sus valores en el marco de cada cultura y lugar nos permiten identificarnos y, mediante su protección, propiciar una construcción continua.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, no sólo los legados singulares, públicos, con usos significativos y/o propios de un acontecimiento histórico, resultaron meritorios de ser juzgados como parte del patrimonio. La extensión de las valoraciones posibilitó el reconocimiento de cuantías tangibles e intangibles, junto con escalas y funciones diversas asociadas a plurales momentos históricos y lugares, entre otros avances. El proceso acontecido, asentado en el devenir de documentos internacionales, investigaciones locales y prácticas consecuentes, conllevó a renovar las miradas de los entornos en los que vivimos.
Esta perspectiva fue especialmente promovida mediante un escrito clave: la Carta de Venecia de 1964. Desde entonces, la protección de los contextos característicos prosperó hasta posicionarse como un requerimiento de las agendas públicas. Al ser comprendido como una necesidad, el patrimonio y la sustentabilidad afianzaron sus relaciones mediante las premisas compartidas; la búsqueda de un equilibrio entre el pasado presente hacia el futuro.
En particular, resultaron de interés los contextos conformados por las viviendas. Cada eslabón residencial implicó -e implica- un modo de vivir, construir y representar en un determinado contexto político, económico y cultural. Al componer una cuadra, una manzana y/o un sector, las viviendas articulan los procesos de la historia oficial y las intrahistorias de cada territorio, con una consecuente manifestación comunitaria de cada hábitat y habitar. Así, este “patrimonio modesto” (Waisman, 1993) se comprendió como parte de “tejidos concentrados y/o dispersos, destinados a clases sociales medias y realizados por constructores, idóneos y en menor medida profesionales, utilizando técnicas y tecnologías principalmente post-industriales” (Sánchez y Cuezzo, 2010, p. 266).
El desafío para su gestión y preservación resultó -y resulta- complejo, más aún en nuestros contextos latinoamericanos. Las tardías valoraciones, las presiones inmobiliarias, el incumplimiento de normativas, los desastres naturales y las tensiones público-privadas, son sólo algunos de los retos a abordar. Con el propósito de encontrar respuestas, la noción europea de Centro Histórico se vislumbró como un primer paso para afrontar una valoración y delimitación de entornos significativos a ser salvaguardados. Así, en consonancia con los avances del siglo XX, las evaluaciones y demarcaciones asociadas se convirtieron en pasos operativos sustanciales. Para ello, los contextos latinoamericanos precisaron reinterpretaciones que condujeron a renovadas maneras de valorar, delimitar, proteger y denominar estas áreas (Áreas de Protección Histórica, Zonas típicas, Zonas con Derecho a la vista, entre otras).
Sin embargo, nuestras ciudades poseen falencias en la operativización de este tipo de tutela e incluso, carecen de áreas de valor. Esta situación resulta grave al ocasionar rupturas y mermas en los paisajes urbanos, debido a que la sucesiva pérdida de viviendas características ocasiona una disolución de los entornos que ligan a las comunidades en el tiempo. Las pérdidas, así, resultan análogas a las desapariciones de los caracteres de un texto, donde progresivamente se pierde su legibilidad de forma irremediable.
Por ello, es preciso reposicionar la urgente necesidad de comprender, emprender y transitar la valoración, la delimitación y el consecuente tratamiento preservacionista de áreas en las que prevalece un tejido conformado por el patrimonio modesto, residencial, de cada localidad. De esta manera, el cuidado de nuestros bienes desde un presente concreto, que emerge del pasado, se convertirá en un acceso hacia las lecturas de los paisajes futuros.

Referencias

Datos de la autora: 

Lorena Marina Sánchez. Doctora en Arquitectura, Magíster en Intervención del Patrimonio Arquitectónico y Urbano, Arquitecta. Investigadora Independiente del CONICET y docente-investigadora del Instituto de Estudios de Historia, Patrimonio y Cultura Material (FAUD, UNMdP). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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